¡Hola gente!
¿Que tal va todo?
Siento no haber dado señales de vida en los últimos diez días, pero como algunos ya sabéis, hace más de una semana que se termino mi aventura y como la mayoría, después de unas disfrutadas vacaciones me tocó volver a la realidad.
Muchos habréis leído el resumen que subí desde Stone Town, en Zanzíbar. Aquello solo fueron unas pinceladas a grandes rasgos para que tuvierais una idea de por donde había andado durante los últimos 10 días de mi viaje por el corazón de África. Ahora vuelvo a la carga para contar a fondo todo lo ocurrido en cada una de aquellas etapas, que después de 2 semanas quedan ya muy lejos, mas en tiempo que en distancia, pero por eso iba apuntando todo lo que me ocurría cada día.
Comenzamos.
25/08/2010
Como venia siendo habitual durante los 5 días que estuve de safari por Kenia, aquel miércoles 25 de Agosto, nos toco madrugar muchísimo. Sobre las 6:30 nos levantamos, mis compañeros de Safari (que por aquel entonces solo quedaban Manu y Andreas, los austriacos) y yo, desayunamos, cargamos nuestras mochilas en el “matatu” de Charles (el guía) y partimos desde aquel acogedor hotel a las afueras de Naivasha.
Media hora más tarde estábamos a la entrada del parque Hell Gate (que en Inglés quiere decir “Puerta del Infierno”). Después de 4 días recorriendo diferentes parques y reservas naturales desde dentro del “matatu”, Hell Gate se nos presentaba diferente a todo lo anterior, ya que en este parque no es necesario realizar la visita desde un vehiculo. De modo que a la entrada del parque cogimos unas bicis, nos despedimos de Charles que se quedó fuera con el “matatu”, y nos adentramos en el infierno dando pedaladas.
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Obviamente, en Hell Gate no se pueden encontrar grandes depredadores o animales que ataquen al ser humano, por eso es por lo que se puede realizar la visita en bici o andando. Pero a pesar de no poder ver algunas de las especies que más atraen a los turistas en los safaris, para mí, la experiencia de recorrer este maravilloso parque natural en bici fue un subidón.
Para empezar, Hell Gate esta situado en un entorno precioso, la pista por la que íbamos pedaleando estaba rodeada de montes y peñas, con rocas y paredes ideales para practicar escalada, de hecho, mucha gente se adentra en esta reserva para practicar algunos deportes de aventura. Durante la ruta en bici, además de disfrutar con los paisajes, nos emocionábamos viendo cebras, antílopes, gacelas, jabalís verrugosos, jirafas… Muchos se encontraban en medio de la pista y salían corriendo cuando nos veían acercarnos con la bici.
Hell Gate no es un parque cualquiera donde realizar un safari como en el resto de las reservas en las que habia estado anteriormente, este parque ofrece mucho más. Después de recorrer unos 10 kilómetros en bici llegamos a un punto donde nos estaba esperando un guía del parque. Este joven nos llevo a ver parte de los impresionantes cañones que hay dentro de la reserva natural, cañones en los que se han grabado películas como “Las minas del Rey Salomón” o “Tom Raider”, basada en el conocido videojuego y protagonizada por Angelina Jolie.
La verdad es que no pudimos disfrutar de la visita todo lo que nos hubiera gustado porque habíamos quedado con Charles fuera del parque un par de horas mas tarde y tuvimos que hacer la ruta por los cañones a marchas forzadas. En cuanto nos despedimos de aquel guía, en vez de volver andando en bici hasta la puerta del parque, tuvimos que pedir sopitas (pedir sopitas y soltar unos chelines, que si no nada) para que nos llevaran en un “matatu” a la entrada y así no hacer esperar mucho más (en ese momento ya llegábamos 40 minutos tarde) a Charles.
Sobre las 12 del mediodía, después de más de 4 días de Safari, se terminaba otra fase de mi viaje. Charles me llevo a la ciudad de Naivasha y me consiguió transporte para poder llegar a Nairobi, donde me estaba esperando el tren que había reservado 5 días antes. En aquella estación de “matatus” totalmente abarrotada de gente me despedí de la pareja de austriacos y del encantador Charles, y tras sacarnos alguna foto y pasarnos nuestras direcciones de correo y teléfonos, me subí al “matatu” que me llevaría a la capital keniata.
Durante ese viaje desde Naivasha a Nairobi, tuve el que probablemente fue el peor momento de mi viaje, la verdad es que no fue para tanto, pero la cosa podía haber sido mucho peor. Os cuento.
Después de media hora de viaje en aquel vehiculo en el que viajábamos 18 personas donde en cualquier país desarrollado viajarían 9, me empezó a entrar el sueño y no paraba de dar cabezadas, hasta que finalmente me acabe quedando dormido. Derepente, cuando no llevaba ni 3 minutos sobado, los gritos de los ocupantes del “matatu” me despertaron y en cuanto abrí los ojos, vi como de un volantazo el conductor evitó (por medio metro) que nos diéramos de frente contra otro “matatu” que se encontraba en medio de la carretera.
Al principio no sabía muy bien que estaba pasando. Había una niebla muy espesa y era imposible ver nada a más de 5 metros. Entonces, nada más librarnos de aquel accidente, el conductor paro la furgoneta a un lado de la carretera y nos bajamos. Lo único que sabíamos era que acababa de ocurrir un accidente y fuimos todos a socorrer a los heridos. Hasta que no llegamos a pocos metros del lugar donde habían chocado dos “matatus” no sabía muy bien que me iba a encontrar y si estaba preparado para ver lo que podía ser aquello.
Al llegar nos encontramos alrededor de 20 personas tiradas en el asfalto y en la cuneta, gritando y llorando. En cuanto me acerque y vi como habían quedado los vehículos me asuste mucho, pensé que me iba encontrar con algunos cadáveres, pero gracias a dios todo resulto ser más leve de lo que parecía, algunos huesos rotos, heridas feas, pero nada más grave.
En cuanto la situación se estabilizo un poco, nos subimos de nuevo en nuestro “matatu” y seguimos con nuestro camino. Una hora más tarde llegamos a Nairobi. Una vez allí, fui hasta el hostal donde me había quedado 5 días antes para dejar mis pertenencias y poder moverme por la ciudad con más facilidad.
Aproveché las 5 horas que tenía por Nairobi para darme una vuelta por el centro, comer algo y buscar un cyber para subir otra de las crónicas que a estas alturas ya habréis leído.
Sobre las 6 de la tarde, recogí mi equipaje y marché para la estación central de trenes, donde había reservado el tren que me llevaría a Mombasa.
Al llegar al mostrador donde tenía que recoger mi billete conocí a una chica suiza, que estaba haciendo cola justo delante de mí. En aquel momento, a pesar de estar manteniendo una conversación con Stefanie, que así es como se llama, no me imaginaba que aquella conversación se alargaría más de 2 días, pero bueno, ya llegaré a eso.
La mujer que vendía los billetes, pensando que viajábamos juntos, Stefanie y yo, nos vendió los billetes para el mismo vagón y camarote. Así que sobre las 18:30, tras haber buscado nuestro vagón, subimos al tren.
Acostumbrado a viajar en trenes de cercanías, “la serpiente de hierro de África” me dejó alucinado. La locomotora arrastraba más de 20 vagones de pasajeros, la mayoría eran los vagones donde estaban los camarotes pero cada 3 o 4 vagones, podías encontrar un vagón-restaurante y la cocina donde preparaban la cena y el desayuno que nos iban a dar posteriormente.
Por dentro era un tren muy chulo, los camarotes estaban muy bien equipados, con sus 4 camas, un lavabo… y por supuesto los baños, al principio y al final de cada vagón. El vagón-restaurante tenía todo lujo de detalles y el servicio y la comida era muy bueno.
Después de cenar y pasar un par de horas hablando con Stefanie y conociéndonos un poco, nos echamos a dormir. Recuerdo de aquella noche lo mucho que me gustó la sensación que tuve tumbado en mi cama, con el movimiento y el sonido del tren, con el cuál no tardé mucho en quedarme dormido.